EL PRELUDIO Por: Carolina Alvarez Elizarraras

¡Pela gallo, que aún hay cosas por hacer!

Dicho por ahí…

En el pueblo no se hablaba de otra cosa, la casa de Salvador y Esther había sido incendiada, todos sabían que no fue accidental, sin embargo no todos se atrevían a comentarlo. Eso sí, mucha gente le estaba ayudando, algunos hombres se apresuraron a improvisar una pequeña chimenea y en ellas algunas mujeres vecinas se turnaban para apoyar con la comida. Bien dicen que en las desgracias se conoce la bondad humana, muchos ayudaron, apoyaron con cartón, cubrieron lo mínimo de la casa para que la familia volviera a tener un techo. Para que los hijos no estuvieran quedándose en casa de tíos, que si bien no ponían objeción, Salvador sabía que esto no podía seguir así por mucho tiempo.

Los primeros días fueron difíciles, no solo por las labores de reconstrucción de la casa, sino también por los cuidados que hubo que tener, las noches eran intranquilas, cualquier ruido sobresaltaba a todos, incluido Salvador, aunque trataba de ocultarlo, se evidenciaba su nerviosismo, antes de acostarse daba una ronda en los alrededores, eso hacía que el corazón de Esther se estremeciera en sobremanera, pues cada vez pensaba lo latente que estaba que Salvador ya no regresara de entre los cañaverales.

Por todo el pueblo comentaban a hurtadillas que los causantes de tal desastre no descansarían hasta completar una banal venganza, una venganza surgida de la necesidad de justicia, de reconocerle a la gente su tierra, su trabajo, su entrega. Salvador era el chivo expiatorio del movimiento; aquellos a los que se conocían como grandes proletariados estaban furiosos y buscaban el foco de mayor atención, la cabecilla, creyendo ingenuamente que si destruían a uno solo todo cambiaría. ¡Qué ingenuos! Desde entonces los hambrientos de poder no han entendido que cuando la necesidad del cambio surge éste seguirá aun cuando el proceso sea doloroso y el sacrificio desafortunadamente necesario. Pero la vida le había cambiado a Salvador desde el momento en que los rumores habían comenzado sobre la revolución por llegar, cuando se oía hablar de un Emiliano Zapata o un Pancho Villa más al norte, supo desde entonces que nada sería igual en el pueblo, sin embargo no alcanzó a percibir los alcances de los vientos de cambio que rugían por todo el país.

Salvador era la excepción a las reglas, él tomaba las injusticias como agravios propios, cada día convivía con ella, al observar como cada campesino se entregaba a la tierra diariamente al calor del sol abrasador de aquella población, veía la gracia del Creador por vivir en parajes tan ricos en recursos naturales, sin embargo, eso, la riqueza era para solo unos cuantos, el proletariado, el cacique, el que dominaba todo en el pueblo. Esto era una realidad en todo el país, grandes haciendas se levantaban por doquier, hermosas construcciones que dejaban ver el gran poderío de los señoríos y el gran contraste con la pobreza que seguía menguando en la mayor parte de la población. La que sostenía la economía del país. La historia repetida una y otra vez.

Hoy, la lucha había pasado factura, y lamentablemente su familia había sido el blanco de toda la furia. Ya muchas veces los habían insultado, Y constantemente se escuchaba de las amenazas que sobre ellos recaían, Salvador no tenía miedo, sentía que su lucha era justa, no entendía como muchos se quedaban pasivos, espávidos ante tantas iniquidades. Inmóviles aun cuando los resultados estaban siendo favorables para todos, eso sí, el resultado era parejo, se les entregó y reconoció la tierra por igual tal cual manifestaba la máxima revolucionaria “la tierra es de quien la trabaja” no importo si habían estado al frente de las armas, esa lucha iniciada en los tiempos revolucionarias traería las consecuencias para todos.

Salvador era respetado y reconocido por muchos, pero era un afecto sin temor, un afecto reconocido desde la fraternal admiración hacia un liderazgo positivo, pero como todo buen líder que se preste de justo, también es objeto de denostación y vilezas de aquellos que se sienten amenazados por ellos. Esa fatídica noche él y su familia supieron lo que el odio y la ambición del poder son capaces de hacer. Así pasaron los días para una familia que partía de cero nuevamente. Muchas noches después la vida seguía su curso, ese en especial había sido rutinario, él había llegado del potrero, le estaba dedicando el tiempo a las tierras, se llevaba a su hijo Rogelio para ir adiestrándolo en el trabajo del campo, a que amara lo que la tierra es capaz de dar. Saludo emotivamente a su mujer con un beso en la frente, se agachaba un poco para lograrlo pues su estatura rebasaba el promedio. Rogelio se estaba bañando en la pila de afuera, se escuchaban los ruidos que hacia el jacal y el jugueteo del agua sobre la tierra. Afuera el general, el perro de la familia, resguardaba la entrada tirado en el ancho patio de la casa, instantáneamente se paró, olfateo algo y ladro, Esther salió junto a su hija María (más pequeña que Rogelio) y acarició al perro para calmarlo, vislumbro los matorrales, la caña y las milpas, no vio nada fuera de lo normal más que las primeras estrellas de la noche por caer.

Siguieron con su rutina, ella y su hija ya tenían la masa lista para echar las tortillas en el ancho comal de la chimenea, los frijoles hervían en la olla de barro, y una salsa de molcajete se encontraba en la mesa de madera puesta para el suculento banquete de la cena. Ese día había estado ajetreado y por lo tanto la cena caería como un festín a sus estómagos. El último en entrar a la cocina fue Salvador, sus hijos ya habían empezado a comer, dejaron de hacerlo en el momento que lo vieron, sin embargo con una seña les indico continuaran. Mientras Esther le servía los frijoles, él se sirvió agua en un guaje. Hablaron de lo que solían hacer, la familia, sus hijos, la siembra, algunos comentarios del pueblo, etc. Tenían meses que no hablaban de amenazas o enfrentamientos, pues cada vez que lo hacían delante de sus hijos, ellos tenían pesadillas por las noches, de hecho las pesadillas también eran rutinarias después de lo sucedido.

Aun así parecía que todo había seguido con normalidad, con la rutina diaria, una vez terminadas las tareas, se fueron a dormir. La vida estaba por cambiarles nuevamente…

Cada que mi mamá habla de su origen, se mueven muchas fibras emocionales, creo que todos los descendientes de don Salvador Elizarraras nos sentimos orgullosos de portar su apellido; cada uno lo ha vivido a su manera, para mí ha sido parte sustancial de mi vida no solo política, también emocional cuando en terapia uno trata de darle significado a su historia. Hoy no tenía claro sobre que escribir, pero justo ayer en el marco de la conmemoración de la Revolución Mexicana, una prima compartió la famosa foto que todos en la familia hemos visto en un libro de historia de Michoacán; sí debo admitir que el ego se infla un poco al ver a mis bisabuelos ahí. Hoy me permito compartir con ustedes este escrito, el relato lo creo mi mente, lo que yo me he imaginado cada vez que mi mamá me platicaba sobre su abuelo, cuando le quemaron su casa, cuando la tristeza lo invadió y sobre su muerte temprana, dejando a mi propio abuelo Rogelio y mi tía María huérfanos a edad muy temprana. Como la justicia alcanzó y cuando mi abuelo cumplió su mayoría de edad, después de un largo caminar entre la pobreza y el trabajo, los ejidatarios le reconocieron la lucha que había hecho su papá y le fueron otorgadas tierras… Honor a quien honor merece. Gracias estimado lector, por tomarse el tiempo para leer algo hoy muy personal. Nos leemos pronto.
Nota:
Feliz cumpleaños a una de las mujeres de mi vida, gracias por tanto y por todo mamá, nunca alcanzaran las palabras de amor y agradecimiento cuando lo que se quiere decir desborda el alma. ¡A seguir pelando gallo en esta vida Sra. Dorita!