“DEFENDIENDO EL CAMBIO”

Por: Carolina Alvarez Elizarraras

Luchar siempre desde abajo y con los de abajo… siempre.

Cuando estaba en mis años de secundaria, recuerdo que en la escuela se hacían maratones de lectura cada cierto tiempo, los jardines se llenaban de lectores (algunos por gusto y otros más por obligación para ser sinceros). En esos años, mi señora madre, una asidua me compartía parte de su acervo literario en donde había desde metafísica, novela, ciencia, superación personal y por supuesto política. Había títulos que no me llamaron en aquel entonces la atención como por ejemplo uno que se llamaba “Lo negro del Negro Durazo”, y que después ya más interesada lo leí. Como dejar pasar a Torcuato Luca de Tena con “Los renglones torcidos de Dios” y que me motivo a ese sueño de un día estar como psicóloga en un psiquiátrico. O “Regina” de Antonio Velázquez Piña, que me cimbró en el alma al leer a fondo la matanza de Tlatelolco desde un punto de vista espiritual, después hubo que investigar más sobre ello con lecturas obligatorias como Elena Poniatowska. Pero definitivamente hubo uno en particular que leí años más tarde, si la memoria no me falla, fue en la preparatoria, y si sigue sin fallarme, creo que algún momento en estas mismas páginas he referenciado algo de su lectura.

Los autores son dos estadounidenses ganadores del premio Pulitzer: Julia Preston y Samuel Dillon, el nombre del libro es “El despertar de México, episodios de una búsqueda de la democracia” cito a ​Michele Wucker, quien escribió en Marzo del 2004 para el New York Times:

Cuando Coatlicue, la madre azteca de la tierra, dijo a sus 401 hijos – la luna y las estrellas – que estaba embarazada del sol, ellos en un ataque de celos le cortaron la cabeza para evitar que naciera. Sin embargo, el dios azteca del sol, Huitzilopochtli, emergió plenamente desarrollado y, acorazado y vengativo decapitó a la luna desterrando su cabeza y a las estrellas a vivir en el cielo oscuro de la noche. La apertura de México, la narración de Julia Preston y Samuel Dillon de la lucha de una nación por la democracia, hace de ese cuento un emblema del poder en México ”de violencia de celos contraatacada por la venganza; de la insurrección de la masa controlada por el ascenso de un solo y poderoso rey, más temido que amado”. Aquí yacen los retos más grandes de la apertura de México al cambio político y económico: el miedo de que sin un líder autoritario, una población en revuelta destruiría a la nación.

Este temor explica el dominio que el Partido Revolucionario Institucional o PRI tuvo sobre México por siete décadas de gobierno esencialmente de un solo partido. El partido fue creado en 1929 luego de dos décadas de caos a consecuencia del derrumbe del dictador Porfirio Díaz y de la fallida presidencia del gentil Francisco Madero. En su quijotesco intento por una democracia, Madero cometió el fatal error de no deshacerse de sus enemigos antes de que sus enemigos le dispararan a él.

Un capítulo del libro está dedicado al cambio democrático que se dio en la vida pública del país, cuando el PRI fue sacado el poder:

En el 2000, los mexicanos eligieron a Vicente Fox en forma aplastante, sacando así al PRI. Este extraordinario evento tuvo lugar cuando Latinoamérica estaba perdiendo fe en la democracia. Según la compañía de investigación Latinobarómetro, el número de latinoamericanos que creen que la democracia es la mejor forma de gobierno bajó del más del 60 por ciento a finales de los noventa a sólo el 48 por ciento en el 2001. México fue uno de los pocos países donde el apoyo a la democracia aumentó. Era mucho lo que estaba en juego para Fox, un extrovertido ex-ejecutivo de Coca-Cola del Partido de Acción Nacional o PAN. También altas eran las expectativas, a pesar de los pronósticos: el nuevo presidente enfrentaba una corrupción atrincherada, una burocracia llena de fieles del PRI, un sistema judicial socavado por traficantes de drogas e instituciones tan dependientes del PRI que la cámara de diputados no tenía ningún tipo de proceso para asignar comités cuando el PRI no tenía una mayoría. Dados estos obstáculos, los mexicanos se desilusionaron pronto de su nuevo gobierno. Una reciente encuesta de Latinobarómetro ha demostrado que más mexicanos aprobaron su ”democracia” en 1996 – bajo el PRI – que en el 2003. De acuerdo a lo que dicen Preston y Dillon de cómo México llegó ahí, cualquier otro resultado habría sido una sorpresa, ya que el mayor obstáculo para un futuro democrático de México yace en su pasado autoritario. Los autores citan al intelectual mexicano Carlos Fuentes, quien ha dicho que el presente es la mera acumulación de objetivos frustrados del pasado: ”No hay un tiempo en particular: todos nuestros tiempos están vivos, todos nuestros pasados están presentes”.

Y bueno, en general esta investigación de años de los autores, quienes vivieron en nuestro país durante varios de los episodios narrados más contemporáneamente, (cabe mencionar que si usted gusta estimado lector, punto y aparte merece una búsqueda de una investigación exhaustiva que hizo Dillon sobre Manlio Fabio Beltrones y que termino en un documento burocrático que lo deslindo de los señalamientos evidentes que le hicieron en su reportaje);los capítulos del libro forman una lectura bastante entretenida y recomendable, como su nombre lo dice, son episodios de un camino recorrido en los últimos años para entender el presente. Y quizás en esta parte de la colaboración usted se esté preguntando cómo para qué es que realizo este encuadre, disculpe usted si mis ideas brincan o se mueven mucho. Pero es que justamente ver en escena a un personaje que fue presidente, que tuvo en sus manos la posibilidad de hacer historia y generar cambios desde ese alto mando y lo echo por la borda convirtiéndose después en una ridiculez sui generis defensor y promotor del voto hacia un partido al que justamente “él sacó del poder”, no es creíble y se convirtió justamente en un payaso de la política. Sus dichos como: “sacar a AMLO es más importante de lo que fue sacar al PRI de Los Pinos” nos dice mucho de esa personalidad trastornada a la que desafortunadamente aun algunos hacen eco, porque ya saben “haiga sido como haiga sido” lo importante es echarle tierra a la 4T, venga de donde venga. ¿Defender el cambio? Nunca lo defendieron los panistas en su momento, se engolosinaron con el poder y he ahí las consecuencias, ahora es nuestro turno, el cambio se defiende pero trabajando, la historia acomoda cada cosa en su lugar y pone a las personas en el espacio que merecen. Así como un día algunos creyeron en él como un sinónimo de democracia, hoy se expone como lo que fue: un verdadero antagonista a los cambios.

Solo me resta decir, que el pasado 15 de septiembre por la noche, después de muchos años, por fin vi con un entusiasmo y gran alegría una celebración del Grito de Independencia, estoy segura que por vez primera millones de mexicanos seguimos con gran felicidad el tan esperado grito de transformación. Nunca en la historia, se le había respaldado desde el Zócalo capitalino a un presidente. Y más allá de las críticas porque según sus detractores no fue nada austera la celebración, no bueno, ni se acuerdan cuanto costaba tan solo el vestido de “la primera dama”; más allá de los clásicos señalamientos conservadores, la verdad, la realidad es que ese día el pueblo, el verdadero pueblo estábamos en modo: ¡feliz, feliz, feliz! Diciendo también desde nuestras casas al unísono con los que estaban en el Zócalo: ¡si se pudo! ¡Presidente! ¡No estás solo!

Como diría mi suegro (qepd): ¡Ala gallo, sí se pudo!

¡Que tengan una excelente, analítica y reflexiva quincena mis estimados lectores! Comentarios y vamos a ser parte del #CaminoDeLa4taTrasnformación escriban a alvaelitac@gmail.com